Queridas y queridos lectores, como ustedes saben, durante las últimas décadas he tenido el honor de caminar de la mano con quienes, desde sus celdas, buscan un resquicio de humanidad en un sistema que parece haberles dado la espalda. Mi voz, a través de estos textos, no es solo mía, sino un eco de las muchas voces que, entre rejas, sueñan con un mañana diferente.
Recientemente, tuve la oportunidad de conversar con Pablo Hoyos, cuya mirada crítica hacia nuestro sistema punitivo abre un nuevo panorama sobre la justicia y la rehabilitación social. Pablo, pintor, ciclista, escritor y Doctor en Psicología Social, ha compartido conmigo una visión que no debe pasar desapercibida, sugiriendo un replanteamiento profundo de nuestras prácticas judiciales y sociales.
Durante nuestra conversación analizamos profundamente la cultura punitiva que permea nuestra sociedad, argumentando que esta no solo se manifiesta en el sistema penitenciario, sino también en las dinámicas cotidianas de disciplina y castigo. Esta perspectiva, influenciada por personas como Michel Foucault, David Garland y Ángela Davis, resalta cómo la cultura punitiva se enraíza en una expectativa productivista y moralista, buscando encauzar nuestras vidas hacía deberes y obligaciones predeterminadas.
Su reflexión se extiende a la justicia restaurativa, un concepto que, a mi parecer, ofrece un camino hacia la sanación y reintegración de aquellas personas que han sido marginadas por el sistema. Esta aproximación enfatiza la importancia de entender y atender las causas subyacentes del comportamiento delictivo, en lugar de centrarse únicamente en el castigo.
El trabajo del Dr. Hoyos en prisiones, facilitando talleres de arte y escritura, demuestra el poder transformador de la creatividad y la autoexpresión. Estas actividades, lejos de ser únicamente pasatiempos, actúan como vehículos para la reflexión personal y colectiva, ofreciendo a las personas en situación de cárcel herramientas para imaginar y construir realidades alternativas.
El relato de mi querido Pablo Hoyos sobre la creación conjunta de libros y performances dentro de los centros penitenciarios es un testimonio poderoso del potencial humano para la resiliencia y la esperanza. Estas iniciativas no solo brindan un sentido de propósito y comunidad dentro de los muros de la prisión, sino que también desafían las narrativas convencionales sobre la criminalidad y la rehabilitación.
En este diálogo, abordamos una crítica profunda a la forma en que nuestra sociedad gestiona la desviación y la transgresión. Poniendo de manifiesto la necesidad de repensar nuestras respuestas a la criminalidad, no desde una lógica de exclusión y castigo, sino desde un compromiso con la justicia social y la igualdad.
Como activista y promotora de los derechos humanos, veo en la conversación con Pablo un llamado a la acción. Nos invita a cuestionar las estructuras de poder que definen lo ‘normal’ y lo ‘aceptable’, y a trabajar hacia una sociedad que privilegie la compasión, la comprensión y el apoyo mutuo sobre el juicio y la segregación.
La cultura punitiva, con sus raíces profundamente arraigadas en nuestra historia y nuestro presente, requiere de una introspección colectiva y un compromiso renovado con la humanidad de todas y todos nosotros, especialmente de aquellas personas a quienes hemos marginalizado. La justicia, en su sentido más amplio y profundo, es un horizonte hacia el cual debemos avanzar en conjunto, con esperanza y determinación, alejándonos de la cultura punitiva y acercándonos más a la reconciliación, la restauración y la construcción de dinámicas que se alejen de las estructuras que tanto nos han lastimado en el pasado.